Pequeña Historia: El Chasqui

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Hubo una vez, hace más de 500 años, un conquistador que había llegado unas semanas atrás a los Andés en Sudamérica. Este conquistador era un hombre fuerte y joven, que desde muy joven quería ir por aventura y llegar a conocer nuevos lugares. Él había sufrido mucho en aquella ciudad europa, donde él había nacido. Había pobreza, pertenecía a la clase baja, tenía poca educación y tenía que hacer el trabajo forzado para los demás. Aunque sus días eran muy alegres gracias a sus amistades, soñaba con un mundo mejor, aunque él mismo no podía describirlo. Ya en Sudamérica estaba ahora en camino con un ejército de cien hombres al pleno centro de los Andés, en una montaña de nombre Kgori. Los conquistadores habían escuchado mucho de la montaña Kgori por medio de los indígenas que habían capturado en su camino. En esta montaña se encontraría una gran ciudad repleta de joyas preciosas, sobre todo oro y plata, lo más preciado y buscado por los europeos. Una noche, estando a las faldas y en el medio de dos montañas, su ejército fue atacado por un grupo indefinido de indígenas, que con gritos de guerras parecieran llegar como rocas del cielo. El conquistador lucho y trato de vencerlos, pudo acabar con un indígena, pero al ver que sus compañeros caían abatidos por el ataque indígena, decidió huir. Corrió por horas durante la noche, hasta que exhausto calló al lado de un árbol en profundo sueño. A la mañana siguiente algo lo despertó. Afinando más su sentido auditivo, reconoció que eran pasos rápidos. Antes de poder seguir pensando y reaccionar, vió a una persona de aspecto muy fuerte correr rápidamente hacia su dirección. Tenía poca vestimenta y se veía muy saludable. Cuando se encontraban a unos metros de distancia, la persona de piel cobriza se detuvo y miró al conquistador sorprendido. Al ver que el indígena estaba más sorprendido que asustado, el conquistador intentó hablar español con él, sin éxito. El indígena era muy amable y con señas le dió a entender que lo siguiera. Después de unos minutos llegaron a un pequeño pueblo. La gente recibió al indígena con gran alegría. El indígena entregó un tipo de tela a un señor de edad avanzada y luego se sentó al lado del conquistador. Todos los del pueblo miraban al conquistador asombrados. Se veía tan diferente que no sabían si tenerle miedo o tomarle cariño. El conquistador pudo observar en un par de horas que las personas no poseían nada, y a la vez compartían todo. Todos eran muy saludables y felices. Había un tipo de jerarquía basada en el respeto, y la vida a la ladera de aquella montaña era muy buena. Cuando el conquistador trató de hablar con el indígena corredor, lo único que llegó a entender fue la palabra Chasqui. El indígena repetía alegremente esta palabra varias veces, sonriendo mostrando la perfección de la alegría y salud marcada en su rostro. “Sin dudas, aquel indígena llamado Chasqui es feliz” pensó el conquistador. Pensó también en su vida en Europa, y en su vida en aquel momento en Sudamérica, que viviendo al lado de personas libres, seguía siendo en realidad esclavo de un general, obedeciendo órdenes para buscar objetivos que otros estaban buscando. Chasqui se levantó, le volvió a sonreír, le dió un pequeño empujón en el hombro, y empezando a caminar y luego a trotar, despidiéndose del conquistador. Después de algunos metros empezó a correr muy rápido, llevando en su bolsa de tela unos pescaditos, de los que se había dado cuenta el conquistador.

Alghedi