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La misa a las once de la noche

Once de la noche el día 24 de diciembre. Unas cuatrocientas personas están reunidas para escuchar la misa de Navidad. Cuatrocientas personas que han salido de sus hogares, abrigados y después de haber cenado, para estar frente al padre de aquella iglesia evangélica y un coro de cinco chicas guapas. Una iglesia magnífica de un gran diseño, implecablemente limpia y a pesar de su diseño antiguo aquella estructura arquitectónica da una sensación de protección y extrema estabilidad. Una hora entera se cantan canciones y se escucha la predicación de aquel padre. La misa se acaba y todos se preparan a regresar a sus casas a seguir con la celebración. Cuatrocientas personas que han podido conseguir tranquilidad mediante las palabras de un padre, mediante las palabras cantadas por voces dulces, todos reunidos compartiendo el mismo propósito: el de recordar a una persona. Recordar el nacimiento de una persona , aunque durante el año se recuerde más su muerte. Construir aquella iglesia, dar a luz a un niño, reunirse a cierta hora en una iglesia, prepara una cena navideña, saber con que prendas vestirse para ir a una reunión formal, saber cantar muy bien en un coro, imprimir las hojas con la letra de las canciones … Todo esto requiere de preparación, y sin embargo ninguna de las cosas que existen es el punto final, ninguna de ellas es la gran meta final. Hay un comienzo despues de un fin, y un fin despues de un comienzo. En un día como este 24 de diciembre se siente que todo es pasajero, celebramos el nacimiento de alguien, sabiendo que encontró un fin 33 años después. En un día como este 24 de diciembre se siente que la finalidad no es llegar a ningún lado, sino de seguir adelante, juntos, en compañía.

Como dijo el padre de aquella hermosa iglesia evangélica: “Es invierno, y en invierno no se cosecha ni se siembra. Es tiempo de reflexionar, de pasarla juntos delante de la chimenea con nuestros seres queridos.”

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Alghedi